sábado, 5 de octubre de 2013

L'eau

Mis falanges tamborilean contra la mesa de ébano matizado arrítmicamente, signo que denota mi nerviosismo al igual que el recorrido que incesante que mis uñas hacen por la clavícula, delineándola en un afán de gastar las energías en algo más productivo que gritar cosas incomprensibles. Me muerdo el labio superior y progresivamente el inferior dejando entrever en ambos casos una dentadura inmaculada y fina, casi canina, pareciendo que pudiese descuajaringar las partes de cualquier animal, pero en lugar de eso, solamente es un reclamo de luz para las polillas, pese a que en este momento solo sea un reflejo más de mi estado emocional.

Muerdo las uñas, mientras el sonido del golpetear no cesa y mis pupilas se clavan furtivas en un cuadro en la pared. El marco barnizado recientemente brillaba a la luz de la lampara de pie, la cual si bien no llegaba a iluminar completamente la sala, era suficiente como para ver lo justo y necesario. Los recuerdos bombardean mi cabeza al escudriñar el lienzo; una pintura al óleo donde se puede ver claramente cómo las olas rompen en un tronco anegado de musgo y otras plantas enredándose en él, aprisionándolo imitando cadenas y grilletes. Los granos de arena bajo toda la escena son insignificantes comparado con lo que se arremolina en el cielo. Un verdadero arsenal de nubes grises con augurios de lluvia se acercan hacia tierra firme, decididas a descargar todo su tonelaje en forma de crecidas de ríos, inundaciones y destrucción masiva. 

Y sin embargo, el tronco sigue tan unido a sus ataduras que seguramente cuando pase la tempestad seguirá ahí, inmóvil. Más húmedo, más carcomido y más putrefacto quizá, pero seguirá ahí, siendo el destinatario de todos los males y sin poder defenderse de ellos, sin poder detenerlos de ninguna forma y por su puesto, sin poder opinar sobre si quiere sentir tales calamidades. Pero, ¿qué estoy diciendo? ¡Es sólo un tronco!

Sacudo mi cabeza, yéndose la marabunta de ideas que la habían acribillado pero sin desocupar su lugar los recuerdos, fijos con mil ataduras tal y como le pasa al tronco. No obstante, aunque se me presenta el mismo escenario, ni por asomo el temporal aparece por el flanco derecho, ni tampoco el azote de las olas es el mismo por el resquicio que se ve en el izquierdo. La diestra se presenta calma y despejada, como en cualquier día, y la siniestra le acompaña fielmente. La hojarasca se ha acumulado y cruje bajo las pequeñas patas de un gorrión que a falta de volver a situar su nido en el árbol de donde se haya caído, ha decidido hacerlo en el interior de la cavidad sobre la que mi figura y la de un hombre que no parece mucho mayor que yo conversan como grandes amigos de toda la vida. 

Mi cabello cobrizo no desentona con el color reinante nuestros pies y tampoco lo hace el suyo, tan parecido al mío. Ni siquiera nuestras chaquetas de colores pardos, ni tampoco los mocasines. La monocromía que reina en el ambiente hace que todo se adapte a la vista.

Es entonces cuando el sonido vidrioso hace que mi utopía se detenga en seco y el cristal se astille.

miércoles, 2 de octubre de 2013

La chambre.

Y aquí nos encontramos. Llamándonos a base de silencios desde habitaciones separadas en el mismo hotel mugriento, haciendo como que no nos conocemos de nada, como si la extensión más profunda de tu cuerpo no hubiera sido explorada por mí menos veces de las que desearía, y eso que han sido muchas. Pero el caso es que me encuentro observando por la ventana, con la mirada totalmente embotada en las luces de colores de las carreteras. Verdosas, ambarinas, rojizas e incluso algún tono cian o añil se entretejen en el paisaje urbano. Los ventanales que llegan desde el suelo hasta el techo hacen que la sensación de recogimiento en el fuero interno sea más intensa.

Llaman a la puerta con un tono dubitativo y, no quiero que nadie entre, tengo colgado el cartelito de "Estoy ocupado", a veces me pregunto si es que la gente no sabe leer o si simplemente la única habilidad innata con la que nacieron es incordiar. Pero los nudillos vuelven a surgir en el silencio con el ímpetu de alguien que evidentemente, no está llamando para cambiar las sábanas, ni para ofrecerle al inquilino de la habitación un surtido de bombones. El ambiente húmedo y mohoso que combina con las lágrimas celestiales de fuera crean una atmósfera casi hermética, donde cualquier individuo que ose intentar integrarse no pasa desapercibido. 

Pero, es que tú no eres un individuo y aunque dictáramos alguna ley no escrita por la cual se erradica el decreto en el cual dice que no vamos a ignorarnos hasta la saciedad, tampoco es que piense que vas a aparecer por aquí.

Otra vez, los golpes se hacen más concisos y en un hilillo de voz que se cuela por la rendija de la entrada, aún cerrada, consigo escuchar:

– Servicio de habitaciones.

Pongo los ojos en blanco. Por Dios, no tienen la decencia de evitar las visitas a estas horas, o les pagan demasiado poco o piensan que el mejor método para atraer más clientela debe ser echar a la que ya está ocupando la estancia.

– Estoy ocupado - férreo y conciso, digo a un volumen audible para sus oídos.

– Señor, es importante, estamos haciendo una revisión de todas las habitaciones porque se ha detectado una fuga de gas en el edificio e intentamos localizarla - me devuelve la vocecilla.

De repente me percato de que estoy un poco adormilado y de que mis sentidos se encuentran anestesiados, quizá sea mi salvación que me hayan avisado de tal calibre. Agarro una cazadora, - descolorida por el uso y por haberla lavado de una forma poco correcta en mis primeros meses de independencia - me enfundo los vaqueros y ato rápidamente los cordones del calzado que llevaba cuando entré aquí, intentando que no se me enganche en el anillo del dedo índice el extremo del herrete un poco deshilachado.

– ¿Señor, sigue ahí? - vuelven a reclamarme.

No me gusta que me metan prisa, y la empleada está consiguiendo crisparme hasta el punto de ebullición. Luego, agarro el frío pomo de manivela y lo empujo hacia abajo, abriendo la puerta con suma lentitud y asomándome por el poco espacio que inicialmente he entreabierto del cual emana un aroma a tabaco mentolado, el que más odio.

Sólo puedo decir que el satén te queda de muerte las noches de monzón.