Muerdo las uñas, mientras el sonido del golpetear no cesa y mis pupilas se clavan furtivas en un cuadro en la pared. El marco barnizado recientemente brillaba a la luz de la lampara de pie, la cual si bien no llegaba a iluminar completamente la sala, era suficiente como para ver lo justo y necesario. Los recuerdos bombardean mi cabeza al escudriñar el lienzo; una pintura al óleo donde se puede ver claramente cómo las olas rompen en un tronco anegado de musgo y otras plantas enredándose en él, aprisionándolo imitando cadenas y grilletes. Los granos de arena bajo toda la escena son insignificantes comparado con lo que se arremolina en el cielo. Un verdadero arsenal de nubes grises con augurios de lluvia se acercan hacia tierra firme, decididas a descargar todo su tonelaje en forma de crecidas de ríos, inundaciones y destrucción masiva.
Y sin embargo, el tronco sigue tan unido a sus ataduras que seguramente cuando pase la tempestad seguirá ahí, inmóvil. Más húmedo, más carcomido y más putrefacto quizá, pero seguirá ahí, siendo el destinatario de todos los males y sin poder defenderse de ellos, sin poder detenerlos de ninguna forma y por su puesto, sin poder opinar sobre si quiere sentir tales calamidades. Pero, ¿qué estoy diciendo? ¡Es sólo un tronco!
Sacudo mi cabeza, yéndose la marabunta de ideas que la habían acribillado pero sin desocupar su lugar los recuerdos, fijos con mil ataduras tal y como le pasa al tronco. No obstante, aunque se me presenta el mismo escenario, ni por asomo el temporal aparece por el flanco derecho, ni tampoco el azote de las olas es el mismo por el resquicio que se ve en el izquierdo. La diestra se presenta calma y despejada, como en cualquier día, y la siniestra le acompaña fielmente. La hojarasca se ha acumulado y cruje bajo las pequeñas patas de un gorrión que a falta de volver a situar su nido en el árbol de donde se haya caído, ha decidido hacerlo en el interior de la cavidad sobre la que mi figura y la de un hombre que no parece mucho mayor que yo conversan como grandes amigos de toda la vida.
Mi cabello cobrizo no desentona con el color reinante nuestros pies y tampoco lo hace el suyo, tan parecido al mío. Ni siquiera nuestras chaquetas de colores pardos, ni tampoco los mocasines. La monocromía que reina en el ambiente hace que todo se adapte a la vista.
Es entonces cuando el sonido vidrioso hace que mi utopía se detenga en seco y el cristal se astille.