Y aquí nos encontramos. Llamándonos a base de silencios desde habitaciones separadas en el mismo hotel mugriento, haciendo como que no nos conocemos de nada, como si la extensión más profunda de tu cuerpo no hubiera sido explorada por mí menos veces de las que desearía, y eso que han sido muchas. Pero el caso es que me encuentro observando por la ventana, con la mirada totalmente embotada en las luces de colores de las carreteras. Verdosas, ambarinas, rojizas e incluso algún tono cian o añil se entretejen en el paisaje urbano. Los ventanales que llegan desde el suelo hasta el techo hacen que la sensación de recogimiento en el fuero interno sea más intensa.
Llaman a la puerta con un tono dubitativo y, no quiero que nadie entre, tengo colgado el cartelito de "Estoy ocupado", a veces me pregunto si es que la gente no sabe leer o si simplemente la única habilidad innata con la que nacieron es incordiar. Pero los nudillos vuelven a surgir en el silencio con el ímpetu de alguien que evidentemente, no está llamando para cambiar las sábanas, ni para ofrecerle al inquilino de la habitación un surtido de bombones. El ambiente húmedo y mohoso que combina con las lágrimas celestiales de fuera crean una atmósfera casi hermética, donde cualquier individuo que ose intentar integrarse no pasa desapercibido.
Pero, es que tú no eres un individuo y aunque dictáramos alguna ley no escrita por la cual se erradica el decreto en el cual dice que no vamos a ignorarnos hasta la saciedad, tampoco es que piense que vas a aparecer por aquí.
Otra vez, los golpes se hacen más concisos y en un hilillo de voz que se cuela por la rendija de la entrada, aún cerrada, consigo escuchar:
– Servicio de habitaciones.
Pongo los ojos en blanco. Por Dios, no tienen la decencia de evitar las visitas a estas horas, o les pagan demasiado poco o piensan que el mejor método para atraer más clientela debe ser echar a la que ya está ocupando la estancia.
– Estoy ocupado - férreo y conciso, digo a un volumen audible para sus oídos.
– Señor, es importante, estamos haciendo una revisión de todas las habitaciones porque se ha detectado una fuga de gas en el edificio e intentamos localizarla - me devuelve la vocecilla.
De repente me percato de que estoy un poco adormilado y de que mis sentidos se encuentran anestesiados, quizá sea mi salvación que me hayan avisado de tal calibre. Agarro una cazadora, - descolorida por el uso y por haberla lavado de una forma poco correcta en mis primeros meses de independencia - me enfundo los vaqueros y ato rápidamente los cordones del calzado que llevaba cuando entré aquí, intentando que no se me enganche en el anillo del dedo índice el extremo del herrete un poco deshilachado.
– ¿Señor, sigue ahí? - vuelven a reclamarme.
No me gusta que me metan prisa, y la empleada está consiguiendo crisparme hasta el punto de ebullición. Luego, agarro el frío pomo de manivela y lo empujo hacia abajo, abriendo la puerta con suma lentitud y asomándome por el poco espacio que inicialmente he entreabierto del cual emana un aroma a tabaco mentolado, el que más odio.
Sólo puedo decir que el satén te queda de muerte las noches de monzón.
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